DIA 6 Y ULTIMO: El fin de las emociones

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DIA 6 BAKERSFIELD – SAN FRANCISCO (366 millas)

Son las 7 de la mañana. Me he despertado yo solito. El agotamiento que llevo encima de mi maltrecha espalda me ha pasado factura y el sueño no ha sido reparador. Da igual. Me alivia descubrir la cortina y ver que la moto sigue entera. Me zampo lo que quedaba del paquete de galletas que habia comprado en Lone Pine y me marcho. Adios Bakersfield, hasta nunca.

Elijo una carretera que sobre el papel (o mejor dicho sobre el mapa) tiene muy buena pinta. Una vez que abandono Bakersfield, después de pasar por un extenso polígono e infinidad de semaforos, los cuales se ponían en rojo justo cuando los iba a pasar, me dirijo hacia la costa por la 58, hacia el emblemático
BIG SUR (lugar de descanso de Henry Miller) para recorrer la famosa Highway 1, deleite de miles de californianos y uno de los lugares que más espectativas habia despertado en mi.

La carretera hacia el Big Sur se me descubre pronto espectacular, con un trazado ll
eno de curvas nobles y divertidas, entre campo americano y lomas que lo circundan. Me tiro a degüello sobre cada revuelta, con la confianza de un hombre experimentado. Siento que la moto ya es mia. Disfruto mogollón con cada tumbada. Ya no tengo miedo. Son los momentos más felices, en cuanto a disfrute de asfalto se refiere.

Como el tiempo ya no apremia me paro muy a menudo para hacer fotos y disfrutar del entorno. A pesar de ser lunes, la carretera me parece muy transitada, en especial por BMWs. Más de uno, al verme parado en medio de la carretera sin hacer nada, simplemente observando, me levanta el pulgar como preguntando si todo está OK. Sí chaval, todo de maravilla, acabo de eliminar exceso de fluidos. Disfruto de la carretera, de la fauna y de la flora y me digo a mi mismo que aún queda lo mejor, el deseado Big Sur. El calor se hace insoportable. Solo son las 9 y media. Uff, lo que me espera.

Sobre las 11:30 llego a la entrada del Big Sur por la parte sur de la Hiway 1. Me dirijo hacia la mansión
Hearst Castle (lugar construido por el excéntrico millonario señor Hearst). El tiempo cambia de forma radical y del tortuoso calor que me ahogaba y me habia dejado sin agua pasamos a un frio casi glacial, aderezado con ventolera del pacífico. Aguanto cinco millas sin cubrevientos hasta que encuentro un recodo en la carretera que me permite parar. Más BMWs preguntándome si todo OK. No hijo no, me pelo de frio.

Opto por ponerme solamente el cubrevientos. Me arrepiento al minuto uno. El frío es agotador. Tirito durante 20 minutos, me digo que puedo aguantar hasta Hearst Castle. Finalmente, llego a destino. Me quedo entre aliviado y un poco decepcionado. El parking está lleno de turistas y me siento estafado. He llegado a una especie de recepción de turistas donde hay infinidad de puestos para vender cosas a turistas. La mansión se encuentra a 30 hora en bus. El tour cuesta una pasta. Yo no la tengo o mejor dicho no me la quiero gastar. Que le den morcilla al Hearst ese. Me limito a salir a la terraza y contemplar el mítico castillo desde la lejania. Un empleado de recepción se dirije a mi y me empieza a hablar como si fuera el amigo de toda la vida. Le digo que si a todo con la mejor cara que tengo a pesar de no enterarme ni una papa de lo que me dice. Hasta luego chaval.

El hambre aprieta, es la una, las galletas las tengo en las uñas de los pies y el olor a carne me solivianta. Así que decido darle gusto al gástrico y me arrodillo ante la horda turística. La carne del sr.Hearst sabe bien, pero nada que ver con la entraña con chimichurri del argentino “A la Piedra” de Sant Cugat del Vallés. Le pongo un seis de nota y me las piro a recorrer la 1.

Esta vez me pongo el polar rojo chillon por encima. Que le den a la estética motera. Aún así, el frio sigue en mi. No más de 5 minutos después, empiezo a ver Vista Points en el margen izquierdo de la calzada.
Miles de Rs pasan en sentido contrario. Muchas se paran en los Vista Points. La carretera es todavia recta pero a lo lejos veo columnas de acantilados. Ahí está el anhelado Big Sur! Decido parar en un Vista Point y me llevo una grata sorpresa. Una colonia de leones marinos, que no focas, está durmiendo la siesta en la playa. Lástima que no se pueda acceder a la playa. Tomo unas fotos, me pongo en medio de un grupo de turistas y les fastidio la foto de recuerdo, les pido perdón y me voy. Cuando llego al parking del Vista Point me encuentro que una grua está cargando una Harley. Me pregunto si en este país les hacen revisiones a los vehículos, porque no paro de ver gente tirada en los arcenes. Me pongo de mal rollo. Tendrá la Kawa la revisión hecha? Ummm

Entro en la zona de acantilados y empiezo a ver fotos exquisitas. Me paro en recodos pero la foto no me convence. La hora y la neblina que hay hacen que la foto sea insulsa, que no me llame. Me digo que no voy a parar más, que en las costas del Garraf o de la costa Brava hay escenarios parecidos. Me reinvento a mi mismo al cabo de media hora y descubro sitios espectaculares. Por fin me vuelvo a parar y decido que esa será la foto definitiva.

La carretera es revirada, extremadamente, y de un asfalto pésimo. Me dirimo entre observar el paisaje y disfrutar la carretera. El cansancio se pone enseguida de parte del señor paisaje y la señora carretera se ve menospreciada. La media es 35 millas por hora, siempre que no me encuentre al caraja de turno que está absorto con el paisaje y va a 20 millas por hora. Aún siendo lunes, hay bastante tráfico. Por lo general, los vehículos más lentos se retiran en los U-turn y dejan pasar a los más rápidos. Por lo general, no incluye a los conductores asiáticos. Éstos, son de otra pasta. La carretera es suya.

Paso el anecdótico pueblo Big Sur, cuatro casas contadas, una de las cuales es la biblioteca Henry Miller, y finalmente llego a un bar en el borde del acantilado llamado Nepente, que tiene bastante encanto. Decido darme un respiro y tomar algo en la terraza. El café está atestado de gente pero logro un sitio. Son las 3 pm. Me pido un café helado y descubro nuevas sensaciones que ebullen de mi ser. No estoy relajado, siento que el viaje ya ha acabado y que casi me sobra lo que estoy viviendo. Debe ser la extenuación. Eso, o que mi cerebro fundido no es capaz de procesar más sensaciones. El camarero me pregunta más de una vez si todo está bien. Y es que en los USA, los camareros viven básicamente de las propinas. Le digo que SIIIIII ene veces y le dejo la propina típica. El café me ha costado la módica cifra de 5 dolares con propina incluida. Qué ganga.

Sigo vía hacia Monterrey, el final del Big Sur. Antes debo pasar por el pueblo de
Carmel, el cual me habían recomendado visitar. Veo un mogollón de buenas fotografias pero no puedo con mi alma. Me voy arrastrando. Prácticamente, llevo el piloto automático puesto. Desde Nepente, el tráfico se ha intensificado y la caravana es perpétua. Llego a un mítico faro y le echo una de las últimas fotos a la nena. No estoy inspirado y la descarto. Hago dos o tres más, no sé si me convence el resultado. Da igual. Tengo que irme, quiero llegar ya a Frisco.

Llegamos la nena y yo a Carmel y la verdad es que me quedo conmovido por la belleza del pueblo. Pero el piloto automático no responde a mis órdenes y sigo recto sin pararme. Lo dicho, sin capacidad en el disco duro para seguir procesando. Acto seguido se abre la carretera hacia la bahía de Monterrey y el frio vuelve a golpearme. El frío y el viento que es aún más bellaco. Por unos segundos me planteo entrar en Monterrey, pero la idea no cuaja en mi mente. Soy un ser descarriado y apaleado y mi única meta en este momento es llegar cuanto antes a San Francisco.

Repostaje en ciudad cercana a Monterrey, en la bifurcación de la 101 y la 1. Estoy entre seguir por la 1 y disfrutar un poco de la carretera o coger la aburrida 101 y tirar millas hasta Frisco. Escojo la opción dos, no quiero seguir pasando frio. Transcurren las millas de forma anodina, haciendo bagaje del extraordinario viaje que he hecho. Casi no ha habido pérdidas (bueno, se lo tengo que consultar a mi cuenta corriente) y los momentos embriagadores han sido numerosos. Y sigo pensando y me descubro lleno de emoción, casi llorando, una lágrima no más, sintiéndome agradecido con mi pareja, que ha comprendido que necesitaba este viaje y no ha puesto ninguna pega, y a mis amigos, David y Sylvia, que en todo momento me han ayudado a poder realizarlo. Y siento que todas las emociones que he sentido, las tengo que compartir con la gente que me rodea y me propongo entonces escribir este diario. Y sobretodo ACABARLO.

Y llego así a San Francisco, después de 6 días en ruta y 3000 km despilfarrando gasolina y emociones, y esta vez el cielo de Frisco es limpio, ni rastro de esa niebla perpétua. Pero a cambio, el viento es frio y descorazonador. No sé como pueden aguantar esto en verano. Yo me borraba del padrón. Cuando llego a casa de David y Sylvia, no hay nadie, y ni corto ni perezoso me pego una ducha y me voy a al playa a tomar unas cuantas instantáneas más del famoso puente. Es mi última oportunidad de fotografiarlo sin nubes. O eso creia yo.

1 comentario:

  1. Me has hecho emocionarme.
    Gracias por tu crónica, es fascinante Y POR COMPARTIR TANTO, desde tu más sincera opinión.
    No hay mayor satisfacción en la vida que encontrarte en el camino y saborear la vida contigo.

    TE AMO!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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